viernes, 19 de julio de 2013

Carretera Austral de Chile... El contraste entre la belleza en el paisaje y la adversidad de la ruta...



El par de días que estuve en Villa O’Higgins los dediqué a disfrutar de caminatas por los cerros y hacer nuevos amigos de variadas nacionalidades que se daban cita en este minúsculo paraje; mochileros, ciclistas y motociclistas de todo el mundo concurren para marcar en su cuaderno de viajes este inhóspito paraje.
La primera noche, cuando acompañaba a algunos de mis nuevos amigos del camping El Mosco a cenar, identifiqué –por su casco e indumentaria polvorienta- a un motociclista en una mesa distante. Se veía absorto en un mapa que desplegó en la mesa que tenía delante, así que decidí no interrumpirle en ese momento y esperé hasta el final de la cena para aproximarme.
Alexandre Munhoz –como se llamaba el motociclista- había viajado desde Brasil hasta aquellos confines, en su Suzuki DR650; le recomendé el camping –que también ofrecía habitaciones tipo dormitorio- y la noche siguiente Alex era uno más del “combo” de El Mosco! Su intención era salir al día siguiente para bordar el ferry de las 17:00 horas, pero se le hizo tarde y resolvió pasar una noche más en Villa O’Higgins, de esta manera, su salida y la mía quedarían para el mismo día.
“A qué velocidad viajas?” Le pregunté… “Depende… Puede ser a unos 100 o un poco menos… en ripio, puede ser 80” Respondió Alex. A esa velocidad yo ni le iba a ver el polvo que dejaba! Así que estaba preparado para que él tomara ventaja y a lo mejor nos veríamos en el abordaje del ferry. Una última parada antes de salir para que Alex llenara el tanque en la única gasolinera que hay en este pueblo.

Mala suerte para él… No había gasolina y los últimos litros en su tanque solo le permitirían recorrer unos 40 o 50 kilómetros. Yo tenía el tanque lleno pues había utilizado parte de mi reserva de 25 litros (recordemos que además de los 16 litros del tanque, tenía en los recipientes o bidones que cargaba 25 litros más). Me quedaban unos 10 litros que ofrecí compartir con él tan pronto los necesitara, solo que para ello él debía ajustarse a la velocidad a la que yo viajaba, no solo para permanecer a mi lado, sino para mejorar el consumo de combustible en su moto.
Debió parecerle eterno el viaje, rodando a 30-35 km/h, pero no había prisa... Solo debíamos llegar al punto de abordaje del ferry hacia Puerto Yungay; por mucho que corriéramos, el ferry no iba a salir antes! Adicionalmente, una mala conducción podría terminar en pinchazo o peor aun, rajando la lllanta/cubierta trasera que ya estaba en las últimas! Así recorrimos el tramo de casi 300 kms que separa Villa O’Higgins del ferry, en medio los hermosos paisajes que ya conocíamos de ida. Gracias a la calma con la que viajábamos, nos deteníamos constantemente a tomar fotos.. y a echarle gasolina a la DR650 de Alex. Cuando ésta se quedó sin combustible descargué los 10 litros que tenía, pero ello solo le bastaría para recorrer unos 200 kms de los 260 que nos faltaban…


Con Alexandre recorriendo la Carretera Austral de regreso a Cochrane
Al llegar al punto de abordaje del ferry, aun tuvimos tiempo para descansar un rato antes de la salida. El cruce transcurrió sin problema y llegamos a Puerto Yungay poco  antes de que cayera la tarde. Alex estaba un poco preocupado por dónde pasar la noche –pues el frío que reinaba no era alentador para armar carpas-, pero al mencionarle el cuartel del Ejército donde yo había pasado la noche unos días antes, quedó más tranquilo.
Nuevamente, el Comandante Lizana nos recibió con una gran sonrisa y un café caliente; tras dejarnos instalados partió a su dormitorio y nosotros sacamos los últimos restos de comida que traíamos... Un poco de pasta que yo había preparado la noche anterior, un poco de agua y un jugo de caja que Alex había comprado en el puerto de desembarque… Esa fue nuestra cena aquella noche, poca pero suficiente para sentir que la camaradería de dos motociclistas en aquellas alejadas rutas supera los inconvenientes y motiva más allá de la adversidad.

Nuestros anfitriones en Puerto Yungay - Comandante Lizana del Ejército Chileno

Alex en la Carretera Austral

Foto obligada en este hermoso cañón cerca de Cochrane


Partimos hacia Cochrane en el último tramo de la ruta que nos llevaría al puesto de gasolina mas cercano. Nuevamente sin gasolina la moto de Alex, así que sacamos de la mía y dejamos los tanques parejos… El plan era que si Alex se quedaba sin combustible nuevamente, yo, con la reserva, si podría llegar y devolverme hasta donde él estuviese.
Llegamos a Cochrane “con el olor”. Yo ya estaba en reserva hacía rato y Alex inexplicablemente alcanzó a llegar… Casi besó el piso de la gasolinera y allí nuestras “monturas” saciaron su sed. Paso seguido, buscamos el camping, que era un espacio amplio en el patio trasero de una casa del pueblo, pero lo suficientemente amplio para que en éste cupieran todas las carpas de los viajeros que pasan por esta población. Allí encontré de nuevo a Julien y su novia Maud, al igual que a otros mochileros que había conocido en O’Higgins; el destino quiso que ese fin de semana se estuvieran celebrando las fiestas del pueblo, así que fue una tarde de rodeo, comida gaucha, mucha tradición Patagónica y noche de baile y fiesta, animada por la “cumbia chilena” y otros ritmos que de alguna manera, como inexpertos turistas adivinábamos cómo bailar, ente las risas y miradas de sorpresa de los gauchos chilenos.


Fiestas lugareñas en Cochrane - Jineteada típica o rodeo

Gauchos chilenos con sus típicas boinas

Cinco Franceses y cun Colombiano en medio de una fiesta Chilena


Acostumbrado como ya estaba a ir a la cama temprano, el regreso al camping después de la medianoche ya era para mi “trasnocho”, así que el día siguiente lo dediqué a descansar un poco y a organizar las cosas que traía en mi equipaje; Alexandre tenía plan de continuar ese día, por lo que nos despedimos en Cochrane con la esperanza de vernos nuevamente en Brasil, país que visitaría en meses venideros.
Era domingo y el pueblo se sentía más desolado y desierto que nunca, o por lo menos, esa era mi percepción al no encontrar tiendas abiertas y mucho menos supermercado dónde aprovisionarme nuevamente para la cena de esa noche... tuve que conformarme de nuevo con un pasta en salsa de tomate con atún (plato en el que nos convertimos expertos los viajeros patagónicos); de ahí a la cama nuevamente pensando en la jornada venidera que, según los comentarios recogidos traería más ripio y menos confort (si es que ello era posible a esas alturas!).

Un "pequeño inconveniente" para esta pareja que le da la vuelta al mundo en su Citroen... fácil, solo se retira el motor, la transmisión, etc, etc, etc...


Con ánimos renovados por el excelente clima el lunes, mi salida de Cochrane contrastaría con algunos “incidentes” en la carretera… incidentes que, al fin y al cabo, se encargan de ponerle ese sabor al viaje, pero que en el momento uno quisiera mandar todo “pa’l carajo”.

Paisajes dejando Cochrane en el valle norte


Me explico. A media tarde y entre el ripio de la carretera y la vibración a la que constantemente está expuesta la moto (y el piloto obviamente), sentí un golpe seco, seguido de un traqueteo en la rueda trasera de la moto. Mierda! Me pinché! Pensé… Nada de eso (por fortuna), resulta que una de las protecciones de la moto, una especie de guardafango muy cercano a la llanta y que ya había arreglado semanas atrás entre Ushuaia y Tolhuin, alcanzó a tocar la llanta, la cual lo arrastró consigo y partió uno de los soportes. Dicho protector quedó enredado y “absorbido” entre la suspensión y la transmisión (cadena)… Dio la vuelta entera! Para sacarlo debía para la moto en su soporte central y de manera “delicada” tratar de halarlo para no dañarlo mas. La delicadeza no sirvió… sirvió más un fuerte y violento jalón que por poco me manda de culo contra la cuneta. Como pude lo enderecé y reemplacé el soporte reventado por unas abrazaderas plásticas que mucho me han servido en el viaje; esperaba que esta vez no fuera la excepción.
Pero fue la excepción! No había recorrido más de diez metros desde que, habiendo empleado una media hora en el “desbarate y armado”, la maldita vibración mandara nuevamente el guardafango contra la rueda y zas!!! Otra vez la misma cosa.
Esta vez decidí que retiraría el bendito guardafando y no lo instalaría hasta reemplazar el soporte, ello incluiría un trabajo de soldadura que probablemente en alguna ciudad encontraría. Para desarmar todo, debía posicionar la moto en su soporte central y para maniobrar sin problema quitar todo el equipaje… gajes del oficio!

Guardafango "atrapado" por la llanta trasera


Me tomó otra media hora –no mucho- dejar todo listo: guardafango desmontado, maletas otra vez a bordo y vámonos! Me subí a la moto solo para darme cuenta que mi pierna derecha no alcanzaba a tocar el piso; de hecho, quedaba muy alejada de mismo porque, sencillamente, la cuneta a ese lado era demasiado profunda! Ello supondría una dificultad al momento de bajar la moto del soporte o “gato” central. Tomé impulso… Uno, dos y tres! Estaba muy pesada y ni se movió! De nuevo... Uno, dos y TRES!!! Listo!! AL SUELO fui a dar!
La moto, por física elemental, se fue a la cuneta y con todo el peso ya no hubo quien la controlara… Mi profesor de geología en la Universidad Nacional, allá en Manizales decía, de manera muy coloquial para explicar un deslizamiento de tierra. “Cuando el burro va de culos pa’l estanque, no hay talanquera que lo aguarde”… Y a mi, a bordo de semejante burro no había quien o que me parase.
Afortunadamente y por lo profundo de la cuneta, pude sacar el pie y solo la moto quedó atrapada en la misma; yo, por mi parte, herido solo en el orgullo y ya un poco polvoriento por tanto contacto con el suelo, había salido bien librado. El problema ahora era cómo levantar la moto que había quedado prácticamente muy inclinada y en la cuneta. De inmediato liberé los bidones que estaban hasta el tope de gasolina y ya empezaban a derramar algo, para después liberar la maleta lateral que quedó libre. El resto seguían atrapadas por el peso de la moto y era imposible sacarlas, como era imposible para mi levantar la moto.

Al suelo... otra vez!


El grito se me escapó de manera espontánea y fue algo liberador, estoy hablando del grito desgarrador que prosiguió a la caída de la moto y que, lejos de expresar dolor físico, expresaba cansancio, tedio, hambre, sed (no había comprado nada por simple “pereza” de volver hasta el supermercado que quedaba a dos cuadras del camping!); todo ello en medio de un sol tenaz (bueno, hubiera sido peor con lluvia, debo admitirlo) y de la desolación propia de la carretera austral. Quería aventura mijo? Quería historias para contar?.. Ahí tiene…
Me senté a orilla de la carretera, derrotado un poco por el cansancio físico y otro tanto por el desánimo, esperando que una fuerza sobrenatural levantara la moto y la pusiese de nuevo en el camino o que alguien pasara y me ayudara. Ocurrió lo segundo.
Solo fue posible levantar la moto con la ayuda de otros dos fornidos chilenos que pasaron al cabo de 20 minutos en camioneta, con dirección a Chile Chico… Después de ello fui lo suficientemente precavido como para dejar la moto en medio de la calzada y evitar desniveles peligrosos.
Conduje despacio, como adormilado hasta Puerto Tranquilo, a donde llegué casi al caer la noche y luego de recorrer un trayecto que, sin desconocer lo maravilloso del paisaje, no alcanzaba a disfrutar plenamente.





Parajes diversos en la Carretera Austral entre Cochrane y Puerto Tranquilo


Talvez a todos nos pasa alguna vez en el viaje, sobre todo cuando ya sabemos que emprendimos el regreso a casa. Hay cansancio, un poco de tedio ante los problemas y ganas de posar la cabeza en su propia almohada; después de todo, hasta los nómadas tienen su propia almohada.

Llegada a Puerto Tranquilo a orillas del lago General Carrera


Me alegró ver a Julien y Maud –de nuevo- en el camping de Puerto Tranquilo y me olvidé un poco de ese incómodo sentimiento que me acompañó aquella tarde, no obstante el descanso del día anterior, me sentía cansado y fui a dormir temprano; el día siguiente visitaría las formaciones de la Catedral de Mármol y esperaba que mi ánimo ya hubiese mejorado para entonces.
Aunque el clima parecía empeorar, la mañana siguiente no trajo lluvia, por lo que el paseo a la Catedral de Mármol y a las formaciones contiguas, si bien con amago de lluvia y vientos fuertes, fue algo muy lindo.

Las formaciones rocosas en el General Carrera - Catedral de Mármol


Resulta que en el Lago General Carrera hay unas formaciones de carbonato de calcio que sobresalen de la superficie y que, al haber sido erosionadas por el agua, tienen cavernas y pasadizos por donde pequeñas embarcaciones (máx. 10 personas) transitan; el detalle del carbonato de calcio es importante porque no solo le da ese aspecto de mármol incipiente a la formaciones, sino porque también, al ser un antifloculante, arrastra todos los sedimentos y da al agua una apariencia más que cristalina, no hay nada en suspensión y ello permite visibilidad a través del agua (este fenómeno me recordó el buceo en cavernas en la Riviera Maya, donde el mismo material produce el mismo efecto en los cenotes).
Si bien Puerto Tranquilo no tiene más de un centenar de habitantes, allí encontré el mejor pastel de limón que me comí en mucho tiempo! Julien, Maud y yo no hastiamos aquella noche con un ración completa y recién elaborada por una de las habitantes del pueblo.



Catedral de Mármol



Pronóstico para la mañana siguiente: Lluvia. No sabía si creerle o no… Yo no quería creerle, pero una cosa era lo que yo quería y otra lo que vendría. La lluvia me acompañó desde que dejé Puerto Tranquilo hasta que legué a Coyhaique al anochecer. Solo 250 kilómetros que parecieron 1.000. La lluvia arreciaba en ocasiones y mermaba en otros momentos, pero siempre estuvo presente; en algún momento de la tarde y cuando ya el agua había alcanzado los niveles más insospechados de mi piel. Me preocupé por la hipotermia que ya empezaba a afectarme.
Estoy hablando de agua fría! Helada! Y viento más que frío batiendo contra mi cuerpo durante horas, de manera repetida; una breve parada antes de llegar a Coyhaique y cuando aun tenía algo de luz solar, en la que cambié mis guantes por otros secos y reactivé un poco la circulación en mi cuerpo, me devolvió el ánimo que necesitaba para completar la jornada. Fue el momento en el que probablemente más frío sentí durante los casi 6 meses que llevaba en la ruta.
Mi objetivo principal en Coyhaique la mañana siguiente era encontrar reemplazo a mi llanta/cubierta trasera, para continuar mi camino por la austral… ni señas! A lo mejor en Osorno la vas a encontrar! Decían…
Decidí entonces abortar el último tramo norte de la carretera austral; un pinchazo me hubiera dejado verdaderamente “varado” en aquella inhóspita ruta, y ese sería el mejor de los casos, el peor sería destruir la llanta/cubierta con un trozo de piedra puntiaguda, dejándola inservible.
(NOTA. Utilizo los dos términos llanta/cubierta, puesto que en Argentina, llanta es lo que en Colombia llamamos “rin”. Me refiero entonces al caucho…)

Arco iris en medio de una jornada con lluvia hasta Puerto Chacabuco


Opté por un plan nada desagradable; abordar un ferry que me llevaría durante dos días, desde Puerto Chacabuco (cerca de Coyhaique) y Quellón (Isla de Chiloé), a través de los fiordos chilenos y navegando entre caletas y formaciones y campos de hielo para mi desconocidas.
A estas alturas, cualquier descanso corporal era bienvenido. Cansancio acumulado, dolor en las articulaciones por el frio y musculares por la posición prolongada en la moto hacían aparición después de meses en la ruta. El paseo por los fiordos y canales patagónicos durante dos días sería buen descanso, corporal y mental.
Antes de Puerto Chacabuco encontré una pequeña casa a orillas de la carretera provista de un cobertizo. Su dueño, Rolando López Enríquez, después de mirarme con un poco de extrañeza pero haciendo caso a su –según él- “buen instinto”, me permitió quedarme en la pequeña cabaña que usan para los asados y festejos.
Rolando, muy orgulloso (y con toda razón para estarlo) me enseñó sus cultivos de verduras, su huerta en invernadero y parte de los animales que tiene; esa noche, su esposa y su suegra prepararon pan casero que llenó la estancia de un delicioso olor a “hogar”. Al calor de una buena chimenea logré descansar antes de embarcarme hacia la Isla de Chiloé.

La cabaña en casa de Rolando - Rumbo a Puerto Chacabuco

Rolando, orgulloso de su huerta bajo el invernadero!

Compartendo un pan casero y excelente comida en casa de Rolando

Un fuego para aliviar el frio de la noche patagónica


Y nuevamente abordando un ferry! Esta vez en Puerto Chacabuco con destino a la isla de Chiloé. Un ferry que abastece pequeños poblados en islas como Melinka, y zonas aisladas en el continente. Según necesidades de carga puede haber hasta 8 paradas intermedias, y el viaje puede durar entre 30 a 40 horas, yo no tenía afán…

Bien asegurada a bordo del ferry hacia Quellón (Chiloé)

Cielos grises pero llenos de magia en los canales del sur de Chile


La mayor parte de recorrido la dediqué a leer, cosa que venía haciendo de manera interrumpida y sin poder hilar ideas entre una lectura y otra; me hacía falta ya volver a algunos hábitos que se perdían entre tanto desplazamiento. El paisaje, sombrío en el comienzo empezó a dar paso a cielos más abiertos, el solo se asomaba tímidamente en algunas partes del trayecto, pero la bruma predominó durante la primera parte del recorrido, dando a los fiordos un aspecto como embrujado. Solo hasta el arribo a Chiloé se dejó ver el sol. Ya era justo y nos dio la bienvenida a quienes después de 35 horas volvíamos a pisar tierra!


Uno de los puertos intermedios de la travesía hacia Chiloé

Llegada a Chiloé - Poblado de Quellón


La Isla Grande de Chiloé hace parte de un archipiélago que lleva el mismo nombre, Chiloé. Solo tiene 180 kilómetros de extensión, por lo que mi intención era atravesarla en un solo recorrido, buscando posteriormente el ferry que me llevaría al continente, para alcanzar Puerto Montt.
Arribamos a Quellón, extremo sur de la isla cerca de las 5:00 p.m. El tiempo no daría para alcanzar ferry hacia el continente aquel mismo días, así que decidí buscar un lugar e medio camino para pasar la noche.
Una pequeña estancia, cerca de la ciudad de Castro resultó ser el sitio indicado. Sus propietarias, dos hermanas ya un poco mayores de nombres Esterlina y Brígida me estudiaron detalladamente antes de decidir que yo ofrecía peligro aparente. El granero donde almacenaban la paja para los animales se veía muy acogedor y cómodo para simplemente tender mi bolsa de dormir y descansar aquella noche. Rato después, cuando estaba acomodando mis cosas en el granero, fui llamado a comer y después de una breve charla ya me habían ofrecido una cama en uno de los cuartos que permanecían desocupados en la casa adyacente; mucho más cómodo que el  granero y la bolsa de dormir, pero aun guardo curiosidad acerca de cómo hubiera resultado la noche en aquel sitio…

Fachadas Chilotas en la Isla Grande

Astillero y palafitos en Castro

Palafitos a la orilla del mar



La mañana siguiente me despedía de Esterlina y Brígida con un fuerte abrazo, sintiéndolas como un par de las tías que había dejado en Colombia meses atrás. Por recomendación suya, me detendría en Dalcahue para almorzar y continuaría mi viaje hacia Ancud; ese día pisaría de nuevo continente.
Pero como todo en este viaje, la estadía en Chiloé, planeada inicialmente para un par de horas, y que se extendió a un día después, terminó en una estadía de más de una semana!
En Dalcahue, un pequeño poblado conocido por su Iglesia Nuestra Señora de los Dolores (Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad) y por su feria artesanal que se efectúa los domingos por la mañana y mientras buscaba algo para almorzar, trabé conversación con un par de españoles –Alfonso y Andoni- quienes me interrogaron acerca del viaje. Les llamó la atención, como suele ocurrir, ver la moto con todo el equipaje y con matrícula Colombiana. Ya yo sabía el repertorio de memoria, lo que nunca podía prever era el comportamiento, la reacción de mis interlocutor. Minutos después estaba invitado a almorzar en casa de Alfonso, con su esposa e hijo, acompañados de Andoni y su novia Lucía.

Nuevos amigos en Chiloé!



Alfonso y su esposa ya eran prácticamente “chilotas” (gentilicio de los habitantes de la isla), mientras que Andoni y Lucía están dando la vuelta al mundo en su velero de 11 pies… Un momento, velero? Pero si yo tengo un marinero por allá dentro de mí, cómo no voy a echarle un vistazo a ese velero? Andoni, el capitán del navío, de manera muy amable me invitó no solo a conocerlo sino a dormir una noche en él; Alfonso, por su parte ya me había convencido de aplazar mi partida ese día, así que esa noche dormiría en casa de Alfonso y la noche siguiente a bordo del “Wind Chime”, como se llama el velero de Andoni y Lucía y que se encontraba fondeado a unos kilómetros de Castro.
Entre la amabilidad y hospitalidad de Andoni y Lucía, la familiaridad de Claudia y su familia (amables lugareños que vivían en un islote) y la magia de aquella bahía, la estadía se prolongó hasta la semana siguiente. ´


A bordo del "Wind Chime"

Con Claudia y su familia en la isletilla


Los días pasaron como en cámara lenta, a ritmo de vida chilota, lo cual significa más lento que de costumbre; pescando, recogiendo frutos de mar variados como ostras, mejillones, choritos y simplemente disfrutando de la calma del lugar.
Colonias de leones marinos recorren la bahía y se dejaban ver jugueteando amistosamente alrededor del velero o tomando el sol en las boyas de pescadores, cercanas al mismo.
Recorrí poblados chilotas, donde sus construcciones se destacan con un estilo arquitectónico que usa tejuelas, balcones y miradores. Las tejuelas fueron ocupadas por los colonos alemanes que se asentaron en las provincias vecinas. Los palafitos son construcciones sobre pilares de madera en el agua, no son una arquitectura originaria de Chiloé, pero fueron adoptados en Ancud, Quemchi, Castro, Chonchi y otros puertos, para un mejor aprovechamiento de la ribera durante la expansión comercial en el siglo XIX. Actualmente sólo quedan algunos ejemplares en Castro y Mechuque.

León marino tomando sol en la bahía

Mi cena aquella noche...

Una "palomita" por la bahía

El "Wind Chime" fondeado en la bahía

Anochecer a bordo del Wind Chime


Hubo tiempo hasta para ayudar a Andoni con el mantenimiento del velero, que incluía vararlo, limpiar y pulir el casco y después pintarlo con productos especiales.
El velero, sin ser de dimensiones astronómicas, está muy bien adecuado para la travesía que les espera hacia las Islas Fidji, a donde deben estarse dirigiendo mientras escribo estas líneas.

Listo para el mantenimiento!

Manos a la obra!

Y así quedó el casco del Wind Chime...



Antes de partir hacia el continente - Andoni y Lucía


Cuando, después de pasar más de una semana en Chiloé, pisé suelo continental, estaba solo a un día de camino de Osorno y ya muy cerca de la frontera con Argentina, a donde planeaba entrar nuevamente.
Una parada en Puerto Varas, hermoso lugar rodeado de volcanes y adornado por un hermoso lago me permitió ver la contraparte Chilena de Bariloche; a pesar del clima frio y lluvioso que reinó durante el par de días que permanecí allí, pude disfrutar de la belleza de su entorno y en especial, de la amabilidad de sus habitantes, siempre ofreciendo una sonrisa en medio de un cielo gris.
Osorno, última ciudad antes de cruzar a Argentina y el sitio donde por fin podría cambiar la llanta trasera, ya desgastada y en las últimas de su existencia.
Motoaventura me ofreció un muy buen precio por una de las llantas que tenían de segunda mano, llantas que usaban en la carretera austral pero que quedaban en bodega hasta la próxima temporada. Había escuchado muy buenos comentarios de la Heidenau Scout y había llegado mi oportunidad de probarla; al día de hoy meses después de haberla montado, debo decir que me ha sorprendido de manera rata por su durabilidad y desempeño en todo tipo de terreno.

Con l agente de MotoAventura en Osorno - Chile

Pirelli MT60 - Me acompañó por 13.300 kms en terrenos muy agrestes... buen caucho!

A probar con el Heidenau...


El paso fronterizo Cardenal Samoré, que lleva de Osorno a Villa La Angostura ya presentaba algo de nieve a mi paso, sin embargo ello no representó mayores contratiempos para cumplir la meta de llegar a San Martín de los Andes antes de que la noche entrase. Esperaba encontrarme nuevamente con Roberto Javorowsky en ese hermoso paraje a orillas del lago Loloc, para luego enfilar baterías hacia el oriente: Buenos Aires!

Pero eso hace parte de la próxima historia…
 



Bienvenido a Argentina.. otra vez!

2 comentarios:

  1. Jorge Eduardo, pues tu paso por aqui y las experiencias compartidas, me ayudó a tomar la decisión de algo que estaba planeando hace algunos años ates de saber de tu aventura y finalmente compre mi Honda XRE 300.
    Obviamente no tengo condiciones ni es mi intención(en este momento) por este tipo de aventura, pero como dices, lo importante es iniciar los cambios a los pocos. Hace algún tiempo mi vida se encontraba estancada y este es uno de los primeros pasos para estos grandes cambios. Me alegro mucho que sigas sacandole el mayor provecho a este sueño y disfruto cada historia que narras y cada una de las fotos como si fuera mia!
    Gracias por el tiempo que compartimos juntos y un grande abrazo. Juan

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    1. Juan, pues antes que nada, "Parabens" por la adquisición! Es una moto muy buena y para todos los terrenos; la moto es segura si se es responsable y prudente, siempre a la defensiva! Y además, quien quita que llegue a Colombia en ella!
      Hacía días quería escribir algo así porque muchas personas manifestaban que yo, de alguna forma, les inspiraba a cambiar su vida para mejor; esto además de llenarme de motivación me emociona mucho.
      Gracias por el mensaje y un fuerte abrazo!

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